jueves, 10 de septiembre de 2009

Pirata

Y no sé cómo lo hago, que curiosamente mi vida acaba rodeada de piratería. Llego a la universidad, y en mi examen me preguntan sobre los piratas.

Mientras, el chico de detrás, piensa "Arr, marinero". Una vez más. Me quiere hacer pirata.






A veces despierto y parece que sigo soñando. Es en esos momentos en los que se me ocurren estas cosas absurdas, relacionadas con exámenes, gays, piratas y el protagonista de la historia. Que me guardaré quién es, porque eso solo hará que mi obsesión por él aumente. Y no está el horno pa bollos

jueves, 6 de agosto de 2009




Despertador.

Quería levantarse, pero no podía, sus párpados no querían abrirse. Se quedó dormida cinco minutos más. Aún seguía sin abrir los párpados. Se levantó de la cama con los ojos cerrados, tropezando con todo lo que sus pies pillaban por medio. Gracias a Dios, ella había pedido una habitación individual. Sino, hubiera sido una pesadilla para su compañera. Comenzó a ponerse el uniforme de mala gana. Este era solo el primer día, y ya odiaba aquel uniforme negro y triste. No se molestó en peinarse, se recogió el pelo en un moño mal hecho y se mojó la cara sin pararse a secársela. Bajó a la sala. Todo vacío. Salió a los pasillos. Todo vacío


<< Vale, ahora que alguien me explique qué hacer>>


Y alguien se lo explicó. Un fantasma de una mujer, con un largo vestido, claro como su pelo, le atravesó. Y entonces, ella recibió las palabras de la fantasma.


-Gracias- Dijo Beatriz, antes de salir corriendo hacia su clase. Le tocaba una clase extrañamente llamada Transfiguración. Mejor no imaginar qué tendría que hacer. Llegó a la puerta y entró sin llamar antes. Geeba le esperaba, con una ceja alzada, y las miradas se los alumnos se pusieron en Beatriz, que les ignoró porque aun iba medio dormida. Se sentó en la primera mesa que vio, al final de la clase. Dejó su mochila encima de la mesa y se puso a dormir sobre ella, sin prestar atención a nada ni nadie. La clase empezó a reírse, ella se dio cuenta, pero le daba igual. Hasta que una voz profunda, como un ronroneo, llamó su atención.


- ¿No hemos dormido bien esta noche, señorita?

- Beatriz de Salazar- Dijo medio dormida. No le gustaba ese “señorita”.

- De Salazar, ¿quiere hacer el favor de incorporarse sobre la mesa y atender a la clase?


Beatriz obedeció de mala manera, aun inconsciente de lo que estaba haciendo. Apoyó su barbilla en un puño, y se puso a atender a la clase. Una paranoia de varitas, mucho pasos apuntados en la pizarra. Pero todo teoría, cosa que a ella no le llamaba la atención. Lo único que le molestaba en esos momentos, era oír esa estúpida pluma estilográfica rasgar el papel una y otra vez. Su compañero de pupitre no paraba de escribir y tomar apuntes. Maldito empollón, le entraban ganas de partirle la pluma con los dientes y escupirle tinta. Se giró, no le iba a decir nada, pero intentó helarle con la mirada y que parase, era un momento desesperado. Sin embargo, quien quedó helada fue ella. A su lado estaba un William concentrado en sus apuntes, miles de páginas que acababa de escribir en solo… ¿cuánto llevaban de clase? Una media hora, ella había llegado realmente tarde.

- No sabía yo esta faceta tuya

- ¿Mmm?- Preguntó el chico, aun concentrado en escribir

- La de ser tan trabajador

- Ya ves


Indiferencia. El chico ya no era fríamente encantador. Era fríamente aburrido. Bea bajó su cabeza lentamente con la intención de dormirse otra vez, pero oyó un rugido. Ya no estaba Geeba. En su lugar, había una pantera negra, de ojos amarillentos. Con… ¿Con un aro en la oreja? La pantera miraba a Beatriz, y le negó con la cabeza.


<<Menuda vigilancia, ¿cuándo voy a poder dormir?>>. Sonó un timbre. La pantera se volvió Geeba.
- Podéis descansar durante esta media hora, chicos…


Avalancha. Los alumnos salían corriendo de allí

- Ni que esta aula mordiera…- Susurró Beatriz, y escuchó una débil risa a su lado. William había terminado de escribir. El chico estaba apoyado sobre su mano, y miraba a Beatriz sonriendo. Se habían quedado solos. Solos, hasta que un grupo formado por una pequeña y chillona chica y tres chavales parecidos a gorilas entró en la clase. Los cuatro llevaban una camisa azul, como la de William. Serían de su casa. La niña pequeña se había sentado encima de William, y los gorilas rodeaban a Beatriz, amenazadores.


- ¿Qué haces con ésta, Will?- Preguntó chillando la joven. William se encogió de hombros, sin mirar a Beatriz. Había vuelto a ponerse serio. Los gorilas crujían los dedos, Bea oía los crujidos muy cerca.

- ¿Qué se supone que estáis haciendo?- Dijo una voz que le resultaba lejanamente familiar.
Se había acostumbrado a escuchar aquella voz con un tono alegre, pero ahora se notaba enfadada. Beatriz miró, como pudo, detrás de los gorilas, y ahí estaba Ker, que sin dudarlo dos veces empujó al primer chico que vio y cogió a Beatriz de la mano para levantarla de su pupitre. Los gorilas se veían furiosos, y Ker estaba dispuesto a hablar con los puños. Bea tiró de él, cogió su mochila, de la que no se había molestado en sacar las cosas, y salió de ahí con Ker


- ¿Estás loco? Miden el doble que tú a lo ancho y a lo alto

- ¿Loco yo? ¿Quién ha compartido pupitre con Jään?


Jään…


- No me di cuenta- Admitió, sonrojada levemente- Llegué medio dormida a clase

- Eso no es excusa, ese chico trama algo- Ker se cruzó de brazos. No, a Bea no le gustaba verle así-. Ayer no paraba de mirarte

- ¿Y acaso eso es malo?- Preguntó Beatriz, casi gritando, aun más roja

- ¡Por supuesto! Es la clase de personas que no admitiría a… Bueno… a gente como tú

- ¿Cómo yo?


Había dejado de gritar, su última pregunta era un susurro, el tintineo de una campana, un hilo de voz.


- Tus padres no son magos

- ¿Qué tiene eso de malo?

- Eres una rareza. Pocos aquí no tienen padres magos. Y a los Jään nunca les ha agradado la gente así


De repente, Beatriz empezaba a recordar. "¿Así me agradeces que te haya criado como te he criado? Perteneces a una de las mejores familias de magia, y tú te escapas de tus clases de magia para… para reunirte con… con una chica de sucia descendencia "
Sus ojos se empañaron en lágrimas. Ker tenía razón, no podía ser casualidad. Su familia le despreciaba, y quizá se había ilusionado demasiado con William. Al fin y al cabo, nunca habían tenido una estrecha relación. De hecho, no habían tenido ningún tipo de relación. Notó cómo Ker la abrazaba, y la chica se dejó abrazar. Ker era cálido, como ella. Beatriz sonrió en su pecho.

- Me recuerdas a un peluche enorme

- ¿Un peluche?

- Sí, como un osito


Sonaba la campana.


-Apresúrate, no te conformes con el sillón que sobre. Elige uno lejos de él- Aconsejó el peluche


Beatriz asintió con la cabeza. Se puso de puntillas y besó al chico en la mejilla. Se fue corriendo a su clase, dejándolo ahí, pasmado, tocándose la mejilla, donde ella le había besado. Entró en la clase y se sentó en el primer pupitre. Allí estaba ya Geeba, que le sonrió


- ¿Dispuesta a atender esta vez?

- Sí, señor. No quiero distraerme en lo que no me conviene


Geeba, sin duda, no le comprendía. Pero parecía que sí, a juzgar por su mirada. Los alumnos empezaban a llegar, tomando asiento en sus pupitres. Oyó a William. Reía. Pocas veces le había visto reir… Y ahí estaba, riéndole las gracias a aquella niñita repelente. La niña señaló a Beatriz con un gesto de la cabeza y William se sentó al lado de Bea.


- Hola de nuevo- Dijo el chico, sonriendo

- Hola- Respondió Beatriz fríamente. Aquel tono de voz petrificó al chico, que no se esperaba semejante respuesta

- ¿Algún problema?

- ¿Qué tienes con esa chica? ¿Y los gorilas? ¿Qué tienes en contra mía? ¿Acaso te han dicho que te sientes a mi lado para poderos reír de mí?- Dijo la pelirroja, aumentando la voz cada vez más

- De Salazar, por Dios, ¿no ibas a atender? La clase ha comenzado


Beatriz ignoró al chico, que la miraba completamente desconcertado. Prestaba atención a lo que explicaba el profesor, algo terriblemente fácil, pero que resultaba atraerle. La tranquila voz de Geeba la calmaba y parecía darle consejo. Pero algo la interrumpió. Un susurro:


- No tengo nada en contra tuya. No sé qué te habrá contado tu compañero Ker- Resopló con desprecio, y soltó una débil carcajada- Pero no tengo nada contra ti. Al contrario- Dijo sonrojándose levemente. Beatriz alzó una ceja, el chico parecía sincero. Una vez más, no podía evitar perdonarle.- Si te digo la verdad…- Dijo susurrando aun más- No, a mis amigos no les gustas

- ¿Amigos? Parecen tres guardaespaldas y una fan desquiciada-. William rió amargamente

- Es lo que hay.

- ¿Por qué no les caigo bien?

- Lo sabes

- ¿Por no nacer de magos?


William asintió con la cabeza.


- Eso es despreciable…- Dijo Beatriz. El chico se sonrojaba- Ker me dijo que tú también eras así

- Me han educado así.

- ¿Queréis prestar atención, vosotros dos?- Geeba perdía la paciencia. Beatriz no pudo evitar reír.


La clase avanzaba. William copiaba su teoría e intentaba memorizarla mejor que nadie, sin embargo, era Beatriz la que conseguía mejores resultados a la hora de la práctica. Era capaz de cambiarse su pelo como le apeteciese.Timbre del descanso. Un descanso más largo, para la hora de comer. Los alumnos… Avalancha, de nuevo. Y William y Beatriz se quedaron los últimos. Geeba les dejó solos, no sin antes dedicar una mirada un tanto picarona. Beatriz recordó lo que le habían dicho, que Geeba estaba también en contra de la división entre unos y otros.


- Increíble lo que alguien nacida de no magos puede hacer- Admitió William, intentando romper ese silencio

- ¿Has visto?- Dijo una orgullosa Beatriz. Su camisa, naranja como la casa Geeba, se mostraba encendida por el orgullo de la chica. William reía. Más silencio.-Antes dijiste…

- ¿Sí?

- … Que te habían educado así

- Es cierto-. No dijo nada más

- ¿Así cómo?


William suspiró


- De esa manera tan despreciable. E incluso, a veces, yo mismo no puedo evitarlo… Eres la primera persona con… ese tipo de “sangre”- Intentó no molestar- Que no me desagrada-. Beatriz no sabía si reír o llorar. Suspiró-. El día… El… primer día que nos vimos…

- El día en que tu padre mató a mi madre- Completó la chica, firmemente

- Sí… Ese día, me cayó una buena regañina por haber estado contigo. Una regañina acompañada de una bofetada, por cierto.-Dijo el chico, triste. Beatriz se sorprendió

- Lo siento…

- No tienes por qué disculparte. Es nuestro pensamiento el que debe pedir disculpas. Por eso, quería explicarte…

- Dime


Se acercaban


- Que a veces, cuando esté con… Los guardaespaldas y la fan desquiciada- Beatriz rió-. Y ellos te traten mal… O yo mismo te trate mal… Ignóralo. Entenderé que venga tu amiguito Ker y me pegue un guantazo de vez en cuando- Se encogió de hombros, suspirando profundamente. Se acercó a Beatriz-. No puedo evitarlo


¿Qué no podía evitar?


- Mi padre no lo entendería. Tengo que fingir. Fingir que te odio, fingir que no te recuerdo, fingir que me repugnas. Fingir delante de mis amigos, de todos los compañeros, de los profesores. Así mi padre no se enterará

- Entiendo…- Y Bea realmente entendía. Podía distinguir cómo, en una mejilla, aun se sentía la bofetada de Finio a su hijo. No pudo evitarlo, su mano derecha acarició el rostro del chico.

- A veces… Cuando me quiera acercar a ti, como en clase, tendré que poner alguna excusa. Sea lo que sea… será mentira. Quizá diga que quiero intimidarte, molestarte, o ponerme en el primer sitio para atender mejor. Sea lo que sea, no lo creas- Su mano se acercaba a la cintura de la chica.

- ¿Por qué…?- Tragó saliva- ¿Por qué quieres acercarte a mi?

- Eso aun no lo sé… Es lo que más me atormenta…- Susurró dulcemente, mientras cerraba los ojos para sentir el calor de Beatriz en su mejilla. No, aquel chico ni por asomo era alguien frío y distante. Era tierno y cariñoso, ella podía verlo, veía a un niño que necesitaba cariño- Creo que es tu calidez- Bajaba la cabeza- Tu alegría- Se acercaba más y más- Tu fuerza…- Ese “tu fuerza” había sonado cerca. Tan cerca, que había rebotado en los gruesos labios de la chica, a escasos centímetros de distancia de los de él. Algo le pedía acercarse, y algo le pedía quedarse ahí, disfrutando del momento.

- ¿Qué sientes?- Preguntó Beatriz, desesperada. Esa pregunta era más para sí misma que para el chico.

- ¿Por ti? ¿En general? ¿Ahora? ¿Ayer? ¿Hace ocho años? Lo mismo, creo, pero cada vez tiene más fuerza
Justo lo que ella sentía. Quizá no era amor, sino una simple… Atracción. Su complemento. Su mitad. Dos imanes que al principio se acercaban y luego se unieron, al igual que sus labios empezaron rozándose y acabaron fundiéndose. Lo pasarían mal, ambos lo sabían. Pero, como siempre que estaban juntos, no podían evitarlo



Pic~Los cuatro profesores. Estoy bastante contenta con el dibujo, me salió rápido y no quedó tan mal, pero tuve que añadir ciertos detalles que se me olvidaron por Photoshop...

jueves, 30 de julio de 2009

Carrot girl 5~Presentación





Beatriz se despertaba. Había llegado a su compartimento y cayó en un profundo sueño, recordando qué acababa de suceder. Y, ahora, ella se despertaba. Ignorando unas profundas punzadas en el estómago, causadas por (creía ella) algo que le había sentado mal, y que siempre trataba de no hacerle caso, se apresuró a recoger su maleta, que había dejado abierta cuando Miko se escapó. De repente, se dio cuenta de que ya estaba oscureciendo y no volaban, habían pisado tierra y la carroza se estaba deteniendo.

<<Uff… Menos mal>> Dijo levantándose rápido y arrastrando su maleta con una energía no muy propia de alguien que se acaba de despertar. Salía de su compartimento y miró para la izquierda, buscando a la persona a la que se había encontrado minutos (o quizá horas) atrás. Le vio, él la miró a ella, pero la ignoró. Ni una sonrisa, ni esa pizca de cariño que lograba distinguir entre tanto hielo. La punzada en el estómago aumentaba con creces, y Beatriz deseaba llegar y comer algo a ver si se le pasaba… Quizá con una buena tarta de chocolate.
Hablando de chocolate… Justo en el compartimento de al lado, un chico la miraba. Para describirle, podríamos decir “chocolate”. Un joven mulato de ojos verdes y pelo realmente corto, que le miraba sin ningún tipo de disimulo. Le guiñó un ojo, y Beatriz sintió cómo se ruborizaba. La pelirroja fijó la vista en el suelo.

Poco a poco, los jóvenes magos empezaban a salir de la carroza. Cuando ya no había nadie, se apresuró a salir ella. Al bajar de la carroza, intentó distinguir alguna figura rubia entre aquella oscuridad y esos uniformes negros. Pero no hubo éxito. Con la cabeza agachada, un poco apática, se dirigió rumbo a donde los demás. Notó cómo unas garras se posaban en su pierna y, para cuando se fue a dar cuenta, una pequeña loba le había destrozado el calcetín derecho y miraba a Miko con aire juguetón, moviendo la cola y relamiéndose el hocico. Beatriz guardó su mascota dentro de la túnica, sintiendo cómo el pequeño mono temblaba de miedo en su pecho. La loba desapareció. Habían llegado a unos enormes jardines, seguidos de un lago de agua cristalina, seguido de un castillo color perla. Beatriz no pudo reprimir un grito de asombro, y oyó una risa tras su hombro. El joven “chocolate” andaba detrás de ella y la chica no tardó en aumentar el ritmo de su carrera para alejarse de él.

Entraron al castillo. Ya había muchísima gente dentro. Un recibidor enorme, iluminado por miles de antorchas que daban una luz amarillenta. Unas escaleras que terminaban en una puerta enorme y se ramificaban para dar paso a otras puertas, otras habitaciones. Desde fuera, nadie diría que había tanto espacio ahí dentro. Lo distinguió. El apuesto William se encontraba en la primera fila de alumnos, apoyado en el borde de la escalera. Alrededor, un grupo de jóvenes le reían sus gracias con risas que a Beatriz le recordaron a las de un gorila. Más lejos, veía un grupo de chicas, mayores y pequeñas que él, que le señalaban, reían como tontas y le llamaban. Beatriz rodó los ojos, ella nunca había sido una de esas niñas estúpidas que se rebajaban a la altura de estar pegando grititos a un chico y, por supuesto, no soportaba a la gente así. La chica intentó distraerse, prestando atención en los magos y brujas que había frente a todos ellos. La mayoría solo eran unos pocos años mayores que los alumnos, o al menos eso parecía. Sin embargo, los semblantes serios de cada uno indicó a la joven que serían profesores, profesores muy estrictos, sin duda. Sin embargo, una sonrisa destacaba entre todos ellos. En medio, se encontraba Puiden. Beatriz no pudo evitar sonreír al verle, y hubiera jurado por lo que sea a que el director le devolvía la sonrisa. Destacaba entre el resto del profesorado, era alguien realmente alegre, se veía seguro de si mismo. No vestía con túnica de gala como la mayoría de los profesores, ni siquiera parecía un mago. Se le veía bastante cómodo con su camiseta blanca y enorme y esos vaqueros desvencijados. Todavía no se había afeitado, y sus dientes, un tanto irregulares, destacaban entre aquella barba mal recortada y sus pelos vagamente arreglados. Miró a izquierda y derecha. A un lado de Puiden, una seria profesora de cabellos canos miraba a los alumnos por encima de sus gafas, que le daban un aire intelectual. A pesar de las gafas y los pelos semiblancos, parecía bastante joven. Al lado de esta misma profesora, un apuesto hombre de raza negra, parecido a un felino, dirigía sus ojos color azabache a todo lo que se hallaba ante ellos: El techo, el suelo, los alumnos, los profesores. Una persona curiosa, sin duda. Al otro lado de Puiden, la que parecía ser la más joven del profesorado, no miraba a sus alumnos, sino al mismo director, con una mirada que expresaba desprecio y cariño a la vez. Por último, al lado de la chica, se encontraba el más bajo de los profesores, pero también el que parecía más mayor. Poco más alto que Beatriz, se mostraba nervioso y escurridizo, y agitaba sus bigotes de un lado a otro, mirando con sus brillantes y pequeños ojos a las alumnas que hace poco adoraban a William.

<<Menudos personajes… Parece más animales que personas>> Pensó Beatriz. <<Al menos Puiden parece normal, ¿impartirá alguna asignatura, o tendré que hacer alguna travesura de vez en cuando para visitarle?>> Se avergonzó de su propio pensamiento y trató de poner la mente en blanco, recordando que el director siempre parecía leerle la mente. Y no, no quería que leyese eso último. La gran puerta de detrás se abrió. Beatriz echó un último vistazo en general, y se dio cuenta de que los ojos fríos de William estaban fijos en ella. La chica fingió que se le caía algo al suelo para tener una excusa con la que agacharse y evitar esa mirada. Fue al agacharse cuando oyó un grito y recordó que Miko aun estaba en su pecho. Lo sacó. El mono estaba hecho una furia. Beatriz tragó saliva, apenas lo conocía, pero sabía muy bien que no debía enfadarle. Sin ir más lejos, ayer noche le tiró su cena porque no quiso compartirla con él. Eso estaba pensando Beatriz, cuando se dio cuenta de que el maldito mono escurridizo se estaba colando entre la gente.

<<Disfruta avergonzarme>> Pensó la chica. Y fue lo último que pensó antes de salir corriendo tras él, empujando a todos los alumnos, llamando la atención, como de costumbre, por sus extraños actos. Curiosamente, ya no había nadie frente suya, solo unos pies y el pequeño mono descansando en ellos, con esa misteriosa sonrisa burlona que solo ella creía ver. Miko se había parado a los pies de Puiden, que no podía dejar de reirse.

- ¿Armando jaleo ya? Menuda aura tienes, chica, sin duda Geeba podría acogerte sin problemas- ¿Geeba? Beatriz alzó la mirada, y vio que Puiden miraba al hombre de raza negra. Este, por primera vez, sonreía, con unos enormes colmillos, una sonrisa realmente blanca y reluciente. Él debía ser Geeba, y ahora le gustaría saber por qué el hombre podría “acogerla sin problemas”. Pero pensó en que había mejores cosas que hacer. Se giró. Las escaleras, llenas de alumnos. Los alumnos, con su mirada puesta en la chica. Beatriz suspiró.


<<Haciendo el ridículo, qué raro>>

Pero ese momento duró poco, los alumnos se abalanzaban hacia las puertas. Beatriz tuvo que salir corriendo también hacia ella si no quería ser pisoteaba por aquellos alumnos que, al parecer, estaban hambrientos, ya que al pasar por la misteriosa y enorme puerta no vio mas que un comedor. Un comedor lujoso, los muebles o bien eran de cristal o bien metálicos, eso sí. Pero un comedor, al fin y al cabo. El lujo no la impresionaba lo más mínimo. Un enorme grupo de alumnos se dividía y se sentaba en cuatro mesas distintas, redondas, enormes. Los cinco profesores se dirigían al fondo, a una mesa rectangular, pero no se sentaron en ella, sino que se quedaron esperando al último grupo, más reducido, compuesto por jóvenes de la edad de Beatriz, entre ellos William. Ninguno sabía a donde dirigirse, pero era Beatriz la que más despistada se mostraba, el resto seguía hablando animadamente o miraba a los profesores esperando… Algo. Puiden les llamó con un gesto de la mano, y los chicos empezaron a empujarse, caminando, tímidos y nerviosos. Se acercaron a la mesa rectangular, y Beatriz tuvo una extraña sensación. Luces y ruido, pero no venían de aquel comedor, era distinto. Le preguntaban cosas que no lograba entender, que no llegaba a responder, pero el emisor se daba por satisfecho. De repente, todo paró. Miró a su alrededor, la mayoría de chicos estaba tan confuso como ella. Excepto uno. William, sin pensárselo dos veces, se separó del grupo, poniéndose en frente de la profesora más joven, la que no dejaba de mirar a Puiden disimuladamente. Los chicos se dividían, y Beatriz se empezó a mover, segura de a dónde tenía que ir, aunque no sabía en absoluto por qué. Después de chocarse con varios chicos la mar de despistados, llegó la primera, y se puso en frente de un hombre oscuro y sonriente.

- Así que Puiden no se equivocaba- Dijo Geeba. Beatriz no pudo evitar sonreír a aquel hombre, su voz era profunda y transmitía paz y tranquilidad. Sus ojos eran oscuros, y el blanco de ellos no era blanco, sino amarillento. Era calvo, tenía una enorme argolla dorada en una oreja y su barba estaba perfectamente afeitada. Era bastante alto y se veía fuerte, y estaba vestido con una túnica morada, decorada con lunas doradas a juego con su pendiente. Detrás de ella, se pusieron dos chicos y una chica más. Miró a su derecha, al resto de filas de alumnos. Todos los profesores tenían enfrente a dos chicos y dos chicas, excepto Puiden, que miraba a un lado y otro, contento, como de costumbre. Con una palmada, dio a entender que aquella “ceremonia” había terminado, y los alumnos se apresuraron a sentarse en sus respectivas mesas. Beatriz siguió a los chicos que se habían colocado junto a ella, pero cuando fue a sentarse nadie le dejaba hueco. La mayoría la ignoraban, y el resto se reía, probablemente del accidente con Miko. De repente, Beatriz oyó un silbido. El chico “chocolate” la llamaba, indicándole que había un hueco vacío a su lado

<<Genial>> Suspiró <<No le podrían haber puesto en otra casa>>

Se dirigió a su lado, sin más remedio.

- Me llamo Ker- Dijo el niño “chocolate” con una media sonrisa.- Y ella es Hila- Dijo señalando a su lado. Apuntaba hacia una chica exactamente igual que él, con la única diferencia de que el pelo de ella le llegaba hasta la cintura, liso pero alborotado, y sus ojos eran negros, al contrario que los de Ker. Ambos tenían una sonrisa idéntica, de dientes pequeños. Ker estaba lleno de piercings, tenía varios en las orejas y dos en el labio. Hila, por su parte, mostraba unas manos llenas de tatuajes, y Beatriz no dudó en que el resto de su cuerpo también sería así

<> Pensó desanimada.
- Yo soy Beatriz- Dijo, a secas
- ¿Beatriz?- Preguntó Hila con un simpático acento- ¿De dónde eres?
- España. Bueno, nací allí, pero vine a vivir a Finlandia
- Nosotros somos de Cuba- Afirmó Ker mientras asentía con la cabeza.
- ¿Sois hermanos?
- Mellizos
<>

- Decidme, lleváis más tiempo aquí que yo, por lo que veo.- Los chicos asintieron con la cabeza
- Tenemos 17 años. Un año más que tú, si no me equivoco- Dijo una animada Hila
- Sí, un año más… Y, decidme, por favor, ¿por qué nos han dividido?
- Mmm… Largo de contar.- Explicó Ker
- Resulta que Puiden pensó que mezclar tantos alumnos en las mismas clases y habitaciones sería un descontrol. Así que nos dividió según nuestras cualidades-. Beatriz frunció el ceño. No le hacía ninguna gracia ningún tipo de división entre las personas
- ¿Según vuestras cualidades?- Preguntó, ignorando sus pensamientos
- Nuestras cualidades, cariño- Dijo Ker pasándole un brazo por el hombro. Pero lo retiró ante la mirada asesina de la chica.
- Resulta- Explicó Hila- Que cada uno de nosotros destacamos por una cosa. ¿Ves a ese de ahí, que parece una rata?- Dijo señalando al profesor bajito y bigotudo- Es Mick, o como nosotros le decimos, Mice. A su casa pertenecen los más astutos y escurridizos. Tienen la habilidad de escapar de cualquier apuro, y son unos grandes mentirosos, para qué engañarnos, pero no son mala gente.

Beatriz sonrió ante el comentario de la chica. Mice, según su poco nivel de inglés, significaba “ratones”, y comprendía perfectamente por qué le llamaban así. Nunca había visto a una persona tan parecida a un ratón en los días de su vida.

- La morenaza de al lado- Explicó Ker- Acoge a los chicos más elegantes y lujosos. Los más calmados, serios y calculadores. No por ello los más inteligentes, pero sí acostumbran a estar bastante bien equilibrados en cuanto inteligencia y madurez. La jefa se llama Elisa- Dijo Ker mientras la miraba de arriba a abajo. La chica, de piel pálida y cabello negro y ondulado, miraba sonriente a los alumnos de su casa. Beatriz dirigió la mirada hacia la mesa de los alumnos de Elisa, y ahí estaba William. <<Elegante, lujoso, calmado, serio y calculador. Ker ha acertado, sin duda >>.

Beatriz miró a Ker, que había dejado de analizar a Elisa y miraba, como ella, a los alumnos. Les dirigió una mirada de desprecio, y Beatriz alzó una ceja preguntándose el por qué. Fue Hila quien contestó.

- Demasiado arrogantes para mi hermano- Dijo riendo- La verdad, es que son los más irritantes…

¿Irritantes? No conocían al rubio que acababa de entrar, sin duda. Él no era irritante.

- Seguidme contando acerca de los profesores, por favor- Dijo Beatriz después de un momento de silencio.
- Oh, sí, claro. Al otro lado de Puiden está Sam.- Dijo Ker refiriéndose a la bruja cana y con gafas- Ella acoge a los más trabajadores e inteligentes. Demasiado trabajadores e inteligentes, diría yo…
- No digas eso, Ker- Dijo Hila rodando los ojos- Está celoso- Le explicó a Bea- Resulta que él no tiene unas notas brillantes…- Añadió, y Ker se enfurruñó, cruzando los brazos
- Cállate- Dijo, sin más.
- ¿Y Geeba a quién acoge?- Preguntó la chica, sin darle importancia al mosqueo de Ker, que de pronto hinchó el pecho con orgullo
- Él acoge a los más tolerantes y abiertos. Los más alegres, inteligentes, simpáticos, guapos…
- No te pases- Le paró Hila, sonriente- Geeba acoge a los más cálidos. Nuestra casa es completamente distinta, él no le da importancia a nuestra inteligencia, nuestra sangre, nuestras riquezas. Se adentra más en el corazón, es tremendamente tolerante y, como tú, está en contra de la división de las casas, Beatriz. Los alumnos de Geeba nos movemos por orgullo, no por ansias de poder. Tenemos coraje y fuerza de voluntad. Él dice que somos sus soles.

Beatriz sonrió. Ahora entendía por qué la había escogido a ella, no tenía nada en particular, ninguna habilidad. Simplemente era cálida y alegre, como un sol.

La chica empezó a comer, le había entrado hambre tras aquella larga conversación. Había platos de todos los países, sonrió al comprobar lo distintos que los alumnos eran unos de otros y lo bien que se llevaban. Y no pudo evitar reírse en el momento en el que Ker derramó zumo al atragantarse cuando pasó por delante suya Elisa. Como bien habían dicho, su mesa era la más alegre, la que más gritaba y reía. William comía en silencio, mirando a su plato, sin relacionarse con nadie, y a Beatriz le entraron unas ganas terribles de saltarse el protocolo e ir corriendo a su mesa. Era extraño estar cerca de él y no hablarle, o que ni siquiera cruzaran sus miradas. Las punzadas en su estómago casi habían desaparecido, o al menos ella no le daba importancia. Terminaron de comer, y Ker e Hila la acompañaron a un grande salón, donde solo podían ir los de Geeba. Al entrar la chica sintió que se sofocaba, y no le extrañó: Las paredes, el suelo, los sillones… Todo era naranja o de tonalidades cálidas. Amarillo, rojo… Un alumno mayor les repartía los horarios. Eran pocas asignaturas, solo cinco, y sólo tenía una al día. Era algo realmente extraño, acostumbrada a dar seis clases diarias. Pensó que tendría muchísimo tiempo libre. Se sentó sola en un sillón, a pensar, mientras Ker e Hila iban bromeando con la mayoría de los alumnos, controlando la magia a su antojo, lanzando chispas rojas que se convertían en petardos o cohetes. A medida que pasaba la noche, la gente se iba, y Beatriz se quedó sola. No tenía sueño, apenas dormía, y su horario era distinto al de allí, nunca se había acabado de acostumbrar. Eran las tres de la mañana y su clase empezaría a las ocho, por lo que tendría que levantarse sobre las siete y media para llegar a tiempo. Esa idea le resultaba insoportable y sabía que tendría que ir a dormir, pero no lo hacía. Se levantó del sillón, cojeando, con las dos piernas dormidas y dolor de espalda, y se acercó a un enorme balcón. Por fortuna, su sala no estaba demasiado alta. Suspiró. Miró al cielo, de derecha a izquierda, y vio un balcón mucho más alto que el suyo, a lo lejos. Allí estaba William, asomado, como ella. Era imposible de no distinguir, no solo por su pelo, sino porque algo lo rodeaba, le llamaba la atención… El chico sonreía, Beatriz se preguntó por qué, después de haberle visto cenar tan serio. Y, sin previo aviso, William giró la cabeza y agitó la mano, saludando a Beatriz. Gestos así desconcertaban a la chica, parecía que William la había estado esperando toda la noche hasta ese momento, y la había sentido, como ella podía sentirle a él.
***Pic: Ker e Hila

miércoles, 29 de julio de 2009

Carrot girl 4~Otra vez




Y llegó el gran día.

Beatriz ya no se despertó cinco horas más tarde que el resto de humanos, como solía hacer, la muy vaga. Estaba de los nervios. Saltó de su vieja y enclenque cama para rápidamente comenzar a vestirse. Miró dos pequeñas montañas de ropa, la única parte del vestuario que no estaba dentro de su enorme maleta. Una montaña tenía el uniforme, que se pondría luego. Era realmente triste, no tenía ganas de ponérselo, a decir verdad. El otro montón de ropa mostraba una camisa naranja, ya que aunque fuese verano no estaba acostumbrada al clima de allí, una falda negra, y demasiados adornos tales como medias, guantes, coletas para el pelo, collares, pendientes… A Beatriz le gustaba mucho llamar la atención con su ropa. Quizá demasiado. Se miró al espejo para comenzar a vestirse. Definitivamente, madrugar le sentaba fatal. Por mucho que lo intentase, su pelo seguía hecho un caos, lleno de enredos. Esta vez, no solo se pintó los ojos con su espesa sombra negra, también pasó a maquillarse la cara, pero su horrible palidez seguía ahí. Sus manos, llenas de pulseras que tintineaban al chocar unas con otras, estaban llenas de pequeños cortes. Bea era terriblemente torpe. Sus mordidas uñas apenas estaban pintadas ya.

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Y llegó el gran día.

William se despertó, como cada mañana, a las siete en punto. El chico acababa de levantarse, pero lucía reluciente. Saltó de su lujosa cama con más energía de lo normal. Quería vestirse, peinarse y desayunar, e irse lo más lejos posible de allí. Dos duendes se habían encargado de traerle su ropa ya planchada y ordenada. Su maleta ya estaba hecha, y la pequeña loba Ina descansaba al lado de su cama. La Ina hada le había traído el desayuno a la cama, su cara expresaba tristeza, sin duda por la marcha de su amo. William miró a su nueva ropa, una vez puesta. Había intentado que fuese más llamativa y alegre, su camiseta de tirantas color turquesa no conjuntaba para nada con sus pantalones pitillos de color malva, pero esa aura fría seguía rodeándole, aportándole elegancia y discrección. Suspiró, sin dejar de mirarse al espejo. Su pelo no necesitaba peinarse, su piel tenía un tono perfecto, sus ojos no mostraban nada de sueño. Terminó de desayunar. La joven hada alzó sus orejas puntiagudas, esperando alguna muestra de cariño por parte de Will… Que solo le mostró indiferencia. El joven, sin ayuda de sus criados, se encargó de recoger su maleta y salir de la casa, mientras su pequeña y también discreta mascota le seguía sin apenas hacer ruido. Estaba en el pasillo, miró a la derecha. Una puerta abierta, y su padre sentado en un enorme sillón aterciopelado.

- Te vas ya…- Dijo Finio sin alzar la mirada para ver a su hijo. William no contestó-. Bueno, pues…- La situación se estaba poniendo un poco incómoda-. Cuídate- William suspiró-. Y cuidado con esos… despreciables

Especial énfasis en la palabra “despreciables”. William volvió a suspirar. Salió a su jardín. La loba Ina corría entre las hierbas, pudiendo disfrutar así de un poco de aire libre. Pero el tiempo se acababa. William la llamó y la cogió en brazos. Agarró su maleta, y notó cómo alguien lo llamaba, pero no le dejaba responder. No le dejaba responder porque… Le habían forzado a tele transportarse.

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Beatriz se había despedido unas cincuenta veces de su padre, le había dado unos 100 besos y unos 150 abrazos. El hombre lloraba por tener que separarse de la única familia que le quedaba, y por estar orgulloso de su pequeña hija, a la que por fin veía como una mujer. El pequeño mono de Bea descansaba en su cabeza, con su larga cola cayendo alrededor de los pelos naranjas de ésta. La chica ya había recogido sus maletas, y se preparaba para salir. Salió de su casa, de su piso, y se dirigió a un parque que había detrás. Vacío, demasiado temprano para que los pequeños jugaran. Aún no sabía qué iba a pasar, su director le había dicho que esperase allí y que la recogerían. Estuvo unos cinco minutos esperando, se sentía tremendamente ridícula

<< ¿Y si todo ha sido un sueño?>> Se decía a sí misma mientras pensaba en la imagen que estaba dando, ella sola en aquel parque, con sus pelos, con sus pintas, con una maleta enorme y un mono colgando de la cabeza.

Miraba para un lado y para otro, esperando algún coche que bajase su ventanilla y le dijese: “Móntate, Beatriz, te llevamos a tu nuevo colegio”. Pero no aparecía nadie. De repente, aquella misma sensación cálida, su vista se nubló y no veía absolutamente nada. Todo blanco. La estaban forzando a irse, y comprendió que era así como iba a viajar hasta allí. De repente, todo se volvió más sólido y real: Acababa de llegar. Pero… aquello no era un colegio. Era un callejón enorme, frío, un tanto oscuro, lleno de chicos de su edad o un poco mayores que compartían su misma imagen: Enormes maletas y extrañas mascotas. Eran de distinta raza y nacionalidad, pero entendía a todos mientras ellos hablaban alegremente con personas que probablemente acabasen de conocer. Entonces, Beatriz pensó <<Tierra, trágame>>. En todo este tiempo… No se había relacionado con nadie, y acababa de darse cuenta justo ahora, en el peor momento. ¿Cómo presentarse? ¿De qué hablar? ¿Cómo actuar? Se había quedado petrificada mirando a todos los alumnos de Feeniks, que no se habían dado cuenta de su presencia. De repente, comenzaron a llegar coches de caballos… Sin caballos. Se movían gracias a unas curiosas criaturas, parecidas a lagartos enormes, del tamaño de los caballos o incluso un poco más grande. Eran todas verdes, pero cada una tenía distintas tonalidades de verde. Sin embargo, no fue su tamaño lo que más impresionó a Bea… Tenían alas. Todos los alumnos se abalanzaban para entrar los primeros en aquellas carrozas, que también eran realmente grandes, como pequeñas casas. Ya todos los chicos se habían montado, dejando a Beatriz detrás. Se sentía terriblemente sola. Se montó en la última carroza. En su interior, ésta se dividía en pequeños compartimentos. Se fue al último, pensando que no habría nadie, y así fue, pudo comprobarlo desde la enorme ventana abierta que tenía la puerta de su compartimento. Entró en él y miró a su alrededor. Pequeño, pero cómodo. Se sentó. Había llegado bastante tarde a montarse, por lo que la carroza no tardó en ponerse en marcha. Ahora entendía por qué no había caballos tirando de ella, los lagartos reptando hacían menos ruido y no provocaban apenas movimiento. Miró por la ventana hacia el exterior, habían abandonado el callejón. Estaban en una calle completamente normal de Finlandia, pero nadie se daba cuenta de que cientos de carrozas tiradas por lagartos gigantes cruzaban la calle a toda velocidad.

- Lagartos gigantes…- Suspiró- Qué locura

Llegaron a un descampado. Beatriz no lo había visto antes. Tenía varias líneas pintadas en el suelo, le recordaban a… Un aeropuerto. Un escalofrío recorrió su cuerpo

<<No puede ser… No podemos volar… No ahora, por favor…>> Pero nadie escuchaba sus pensamientos. Ahora comprendía, una vez más, el motivo de aquellos lagartos alados. La carroza despegó bruscamente, y un cosquilleo machacaba la barriga de la joven.
<<Esto es horrible>> Cerró los ojos <<Que alguien me saque de aquí>>
Subió las piernas a su sillón y rodeó sus rodillas con sus brazos, hundiendo la cabeza en su cuerpo para no ver aquel terrible paisaje, aquellas tierras tan lejanas al sitio donde se encontraba ella ahora. Su vértigo la iba a machacar antes de que llegase a su colegio. ¿Cuánto tiempo pasó en aquella postura? No lo necesario para que se acabase su miedo. No solo volaba, parecía estar flotando debido al poco ajetreo que ocasionaban aquellos estúpidos lagartos. ¿Por qué no podían ir por tierra? No había ningún río que cruzar y que les entorpeciese, no había por qué ir volando. De repente, una voz. Le sonaba aquella voz, era de Puiden sin duda. Pidiendo que, por favor, se empezasen a poner sus uniformes.
¿Ya quedaba poco? Beatriz ahogó un grito de felicidad y, rápidamente, se empezó a cambiar asegurándose de que no había nadie mirando por la ventana de su puerta. Se veía reflejada en ella, era una ventana realmente grande. Menudas pintas… Maldito uniforme, qué feo era. No, ella no iba a salir así vestida, se negaba. Se sacó la camisa de botones de debajo de la falda, dejando que se asomara bajo el jersey. Se arremangó su falda y se bajó un poco los calcetines, que hasta el momento le habían llegado por las rodillas. Se desabrochó su corbata y se la volvió a hacer con un nudo de lo más desaliñado. Se alborotó los pelos, se volvió a pintar los ojos, se arremangó su jersey por las mangas y acabó poniéndose su nueva túnica, que dejó sin abrochar. Ya estaba algo mejor la cosa. Recogió de mala manera la ropa que se acababa de quitar, tirándola en la maleta. Miko, su mono, había empezado a chillar y saltaba sobre su ropa, sin dejar que Beatriz cerrase su maleta

- Si no te quitas, te encerraré dentro de ella- Dijo amenazadoramente su dueña. El mono cogió un colgante de Beatriz, una pequeña corbata que se ataba gracias a velcro. La había hecho ella misma. Era naranja, como no, con rayas negras. Rió al verla, se la quitó a Miko y se la puso al monito en su cuello. El mono había dejado de quejarse- A veces me da la sensación de que eres una persona, pequeño- Dijo mientras extendía su mano, para que el mono subiese de su mano a su brazo y, de ahí, a su hombro o a su cabeza. Pero Miko no quería irse a su cabeza. Salió disparado, como una bala, y, con un pequeño golpe a la puerta del compartimento, ésta se abrió, y el pequeño se escapó de ahí.

<<Oh... Genial >> Pensó Beatriz. Estaba muerta de miedo, no quería moverse ni un poco a causa del vuelo, pero a saber qué podría hacer Miko perdido por ahí, sin vigilancia. Salió corriendo a buscarlo, gateando por el suelo para ver debajo de las puertas. Llegó a la última puerta, pero ésta se abrió. Beatriz, aun a gatas, miró hacia arriba

- ¿Buscas esto?- Dijo una suave voz, que le resultaba familiar. William, de nuevo. Otro encuentro, otra vez ¿por qué tanta casualidad? Y Miko se hallaba descansando en el hombro del joven. Si no fuera porque era solo un mono, Beatriz hubiese jurado que en la mirada del animal había algo de burla.
- Oh, sí, se me ha perdido…- Se levantó del suelo, roja como un tomate. No podía creer que un uniforme quedase tan bien hasta que vio a William con él puesto. William, sin embargo, admiraba la forma con la que ella había “arreglado” su uniforme, siempre tan llamativa.
- ¿Qué tal estás?- Preguntó el chico, mientras cogía a Miko suavemente y se lo devolvía a su dueña. Sus manos se rozaron. A Beatriz le parecieron frías pero agradables, como esos suelos de mármol por los que le gustaba andar descalza. William pensaba que las manos de la chica eran realmente cálidas y suaves, como un abrigo o un peluche. Pero ninguno de los dos dijo nada al respecto
- Bien, todo… Todo muy bien- Contestó la chica, mintiendo. Detrás de William, podía ver un compartimento exactamente igual que el de ella, donde también podía ver cómo sobrevolaban el lugar.-Muerta de miedo- Admitió. Al menos, ahora parecían estar conversando como si nada, y su timidez, la poca que ella solía tener, se estaba esfumando por completo. Sonrió. Su sonrisa era como un enorme rayo de sol, radiante y enérgica, alegre. “No, definitivamente, mi padre se equivocaba” pensó William “Algunas chicas no son delicadas como flores” Quizá era eso lo que le atraía, lo diferente que se mostraba ella al resto.
- ¿Miedo?
- A volar

William sonreía. Su sonrisa era hielo, blanca y fría, casi forzada, con cierto cariño que nunca lograba expresar. Qué terriblemente distintos eran, dos polos opuestos. Sus manos seguían rozándose, y ninguno se había dado cuenta, se habían unido, como esos dos polos opuestos nombrados anteriormente. ¿Qué ejercía él en ella, y ella en él? Para que se transmitieran tanto sin apenas conocerse… Beatriz había llegado a sentir ira, William se arrepentía de sus actos. Al fin y al cabo, la primera vez que se vieron, Bea acabó sin madre gracias al padre de Will, que acabó abofeteando a su hijo gracias a los padres no-mágicos de Bea. Sin apenas darse cuenta, de noche, antes de dormir, trataban de no pensar el uno en el otro, trataban de odiarse, obligándose a despreciarse. Ambos sabían que, después del encuentro en la carroza, volverían a arrepentirse de haberse sonreído. Pero, ahora mismo, su fuerza de voluntad se agotaba, una vez más, y no podían evitar tratarse bien. Con esta, solo se habían visto tres veces en 16 años, pero parecían conocerse de mucho más. Sus personalidades cambiaban, el chico se volvía cálido y cariñoso, ella se volvía tímida y formal. Solo había una explicación para eso, pero era… Imposible

- A volar…- Repitió en un susurro el chico rubio- A mí me encanta- Otra diferencia- Por suerte para ti, llegaremos pronto…

¿Pronto? ¿Ya? Ahora ella no quería, ahora ella deseaba quedarse allí, mirándole, sin que nadie los viese. La carroza comenzaba a descender, recordándole a Beatriz lo alto que había estado. Palideció de nuevo. Volvió a su compartimento, sin decir nada al chico. Ahora sí se había dado cuenta de que sus manos había estado demasiado tiempo unidas, echaba de menos la suavidad de William, su frialdad, incluso sus manos parecían serias y elegantes al tacto.
***Pic: Segunda foto, dibujo hecho por mi, de un William mal logrado (Se hace lo que se puede). Primera foto, Tom Felton. De las pocas personas que han leido esta historia... ¿Quién no se ha imaginado a un William como Tom Felton? Hasta yo lo imagino así

...

¿Y qué se supone que tengo que hacer ahora?
Quedarme quieta, callada... ¿Sin hacer o decir nada?
No sé si es eso lo que debo hacer, pero sin duda no me queda otra... Impotencia, siento impotencia.
No soy un objeto ni un arma, pero sin duda me gusta ser útil, y ahora más que nunca... Lo estoy siendo.
¿Ayudar? ¿A quién?
Primero, podría empezar por mí misma... Sé cómo hacerlo, pero sin motivo alguno no lo hago.
¿Ayudar a mi familia?
, sin duda eso es lo que más tengo ganas de hacer, antes que ayudarme a mí, incluso. Pero, ¿qué hago? Si apenas sé hablar, ayudar, consolar... ¿Puedo abrazarles? Para, luego, ponerme a llorar como una niña pequeña. ¿Y eso les ayudaría? Quizá dentro de unos años, cuando todo esté superado, ellos estarían en parte orgullosos de mí... Sobretodo, él. Sin embargo... Si lloro hoy, solo provocaré más daño.

Por lo que... Tengo una idea: Tragarme el llanto, una vez más, escribir esto donde pocos puedan leerlo, y menos aquellos que me interesan. Ser indiferente, esta vez porque lo quiero así, acumular mis lágrimas en unas bolsas de ojos que algún día estallarán sin motivo, porque llevan sin sentir más de tres meses...

*[.Humana no es, noqué será.]*

Y me refugio aquí, no lloraré como una niña chica, pero escribiré como una niña chica. Porque sí, porque quiero, porque esto es mío, porque esta es mi vida y necesito aprovecharla, porque a medida que pasa el tiempo me doy cuenta de lo corta que resulta, de lo mucho que mengua sin motivos...
Quiero aprovecharla, quizá ahora sea una inútil, pero en momentos así me convenzo como nunca de lo que no puedo hacer ahora, pero sí en un futuro.

¿Inmadurez?
Nadie más va a sufrir por mi culpa, estudiaré lo inestudiable para evitarlo.

Por ti, pase lo que pase. Por ti.

http://www.youtube.com/watch?v=vWTj41R6ZT0

No puede definir con más exactitud cómo me siento.

lunes, 27 de julio de 2009

Carrot girl 3~William



Llegó a su casa. Su padre tiraba de su oreja, lo llevó hasta su enorme y lujoso salón, y lo soltó con fuerza provocando que cayese al suelo.

- ¿Se puede saber en qué estabas pensando, mocoso?-.Dijo una voz que susurraba pero resultaba enérgica
- Lo siento, padre-.Contestó la voz de un niño entre llantos-. No sé qué estaba haciendo.
- ¡Desde luego! ¡No consentiré que vuelvas a juntarte con gente como esa!
- Pero, padre… Solo le gasté una broma, hablé con ella poco
- Ya, y le acariciaste la mejilla.
- ¿Qué tiene de malo?
- ¡Tiene de malo que acabas de ensuciar tus manos con su repugnante piel!

Una bofetada cayó sobre el rostro del pequeño rubio, dejándole la piel sonrojada. El padre abandonó la sala, dejando a su propio hijo tumbado en el suelo.

William creció huérfano de madre. Compartía esa enorme y elegante casa con su padre y sus miles de criados, todos duendes y hadas, hábiles en la magia, aunque su padre los subestimase y les obligase a realizar aquellas tareas.
Los años pasaban, y con ellos, el joven empezó a crecer en aquel ambiente. Todos los días recordaba su encuentro con Beatriz, pero a medida que pasaba el tiempo olvidaba aquella sensación. Estaba centrado en sus estudios, en aquella matrícula que le iba a llegar dentro de poco para ingresar en el mejor Centro de Magia. El joven cada día se parecía más a su padre: Expresaba menos sentimientos tanto por dentro como por fuera. Su pelo crecía, aunque no había manera de que cayese ordenado y elegante como el de su progenitor, sino que caía desordenado sobre su frente y sus hombros. Se había vuelto realmente maduro, era ¿por qué engañarnos? Alguien realmente inteligente y admirable. Si paseaba por callejones mágicos, la gente le saludaba, “Buenos días, señorito Jään”, “¿Qué tal está usted, señorito Jään?”. Si caminaba por las calles no mágicas de Finlandia, las chicas se giraban para observarle y los hombres le miraban con rabia. Su aura mágica destacaba más de lo normal debido a que era terriblemente fría, por eso llamaba tanto la atención.

Se acercaba el día, se acercaba el momento. Estaba ansioso por llegar a su nueva escuela, por separarse de aquel padre que tanto le controlaba, por aprender, llenarse de conocimientos y, sobre todo… Alejarse de aquella asquerosa raza no-mágica a la que tenía que encontrarse cada vez que necesitaba algo que no se hallaba en las tiendas “de su especie”. Por suerte no tenía que acudir a aquellos sucios colegios no-mágicos, él aprendía en casa gracias a la bella hada Ina, diminuta y de color azulado, con los ojos completamente negros, hechos de pupila, cuyo único problema se presentaba a la hora de declarar su amor a William. Una, y otra, y otra vez. Suspiró. No iba a echar de menos a Ina, al contrario, seguro que en su nuevo colegio le darían una educación mucho más completa, ya que por muy inteligente que fuese el hada, William ya había aprendido todo lo que ella sabía, e incluso la superaba a la hora de la práctica.

Pasó un verano. Y otro. El muchacho seguía creciendo. Su nariz era más larga, su nuez había crecido, su voz era realmente grave. Ya era más alto que su padre, incluso. Seguía ganando encanto.
Y llegó aquel verano.
Y pasaban los días, y William estaba de los nervios, y por fin parecía mostrar un poco a aquel niño que dejó tiempo atrás, preguntando cuánto faltaba y mostrándose alterado de los nervios. Pero siempre estaba su padre allí para devolverlo a la realidad.
Llegó ese día. 29 de Agosto. La carta había llegado demasiado tarde, y solo le quedaba un día para ir a comprar

- Genial- Dijo su padre de mala manera-. Ese estúpido director, avisando como siempre. Y yo mañana no puedo ir
- No te preocupes, padre. Puedo ir yo solo
- No sé yo si…

Al fin y al cabo, su padre realmente le quería e intentaba protegerle. Quizá demasiado. Pero una voz suave, alegre y cantarina les llamó la atención

- Yo puedo acompañarle, mi señor- Dijo Ina.

Y su señor accedió. William fue a acostarse. Su habitación era realmente oscura, un frío suelo azul marino reflejaba todo lo que se alzaba ante él. Su techo era negro, decorado con estrellas mágicamente. Tenía un escritorio de cristal negro, labrado por elfos. No había lámpara, sino varias antorchas, tres en cada pared, de fuego azulado y eterno. Y, en medio, se hallaba su cama. Enorme, suave y con mantas de terciopelo. William se sentó en ella, hundiéndola un poco. Se puso su mano en la frente y, acto seguido, la echó para atrás, peinándose. Aunque, una vez más, sus pelos volvieron a ir para delante

<< Imposible, Will>> Pensó sonriente. Se quitó su camiseta y se tendió en la cama. Pensó, pensó mucho, de cosas importantes a las que no les daba importancia. Sus pensamientos se arremolinaban en su mente, sin que él distinguiera unos de otros. Y cayó, cayó en un sueño tremendamente profundo.

Se levantó, como no, a las siete de la mañana. Temprano, sí, pero él era terriblemente puntual. Se levantó y abrió el armario.
Ropa negra, ropa negra, ropa negra y… ah, sí. Ropa negra. Y todas ellas, camisas, corbatas, chaquetas. Siempre igual. Harto de tanta elegancia, cogió su negra ropa y empezó a vestirse. Se lavó la cara, se mojó los pelos y, sin molestarse en secárselos, bajó a desayunar.

Ina ya le esperaba, desayunada y lista para su día de compras. Estaba hermosa, reluciente. Había adoptado una forma más humana. Seguía teniendo esos ojos, y ese tono de piel, pero al menos su estatura era de un humano. William sabía que el hada podría haberse transformado en una humana perfectamente, pero ella prefería llamar la atención con sus enormes alas transparentes y brillantes. Sin embargo, la pobre chica tenía que reconocer que siendo del tamaño de la palma de una mano, poco podría comprar hoy.

Se acercó casi volando. Posó sus pequeños labios en la mejilla de William, dándole un beso

- Buenos días, Will- Dijo, sonriendo con sus pequeños y puntiagudos dientes
- Buenos días, Ina- Respondió el chico de manera fría y distante. Pero eso a Ina no le importó, siempre la trataba así

El chico terminó su desayuno. Una animada Ina se alegró por fin de salir de aquella casa. Al fin y al cabo, ella era un ser del bosque, un espíritu libre, y aquella casa la había encerrado demasiado tiempo. Sonrió a Will y le cogió de la mano. No habría sido necesario, ella podría haberle rozado, o haberse tele transportado sin ayuda de William. Sin embargo, era una excusa como otra cualquiera para poder tocarle. Él lo sabía, pero no le dio importancia. Llegaron a Kujalley. El hada se dirigía, entusiasmada, a cualquier tienda. Elegía todo para el chico, le compraba más y más cosas, que realmente no necesitaba. Le compró una varita celeste y transparente. Le compró más de un caldero. Le compró libros de texto con los que entretenerse, porque ella sabía que a su chico le encantaba leer. Le compró una escoba. Le compró una pequeña cría de lobo, a la que llamó Ina, para que William se acordase de ella.
El chico se limitaba a seguirla allá por donde ella iba. Una vez más, no le dio importancia

<<Es una fémina, al fin y al cabo>> Pensó, con aires de inteligencia. Aunque, lo cierto, es que él poco sabía de mujeres en realidad. Solo sabía lo que había oído de su padre y los duendes de la casa: “Se vuelven locas cuando van de compras, necesitan mucha, pero que mucha atención, y son delicadas como flores”.

Se dirigían, esta vez, a comprar ropa. Por una vez, William prestó atención a la rutina de aquel día. No pensaba comprarse más ropa igual, no, señor. Salieron de la tienda con miles de bolsas llenas de blusas y pantalones llamativos, que poco conjuntaban entre ellos. Predominaba el azul, y todas las tonalidades de éste. Ina estaba un poco confusa por el nuevo escenario del chico, pero no comentó nada. Se apresuraron en comprar uniformes. La túnica, negra. El jersey, negro. Los pantalones, negros. La camisa ahora mismo era blanca, pero él sabía que iba a cambiar en cuanto le dijeran a qué grupo iba a pertenecer. Por fortuna, sabía que ningún grupo tenía como símbolo el color negro. Ya se había comprado su túnica de gala, oscura pero azul de nuevo, y se apresuraron a salir de la tienda. Pero algo le llamó la atención. Acababa de ver al director de su próximo colegio, apoyado en un espejo. Pero no era él quien destacaba en aquella escena. Por el rabillo de su ojo, logró ver una figura naranja, que le recordaba al fuego. Posó sus ojos en aquella escena, y vio que en el espejo donde se apoyaba Lehtiä, se reflejaba una joven muchacha pelirroja a la que había visto tiempo atrás. Al contrario que él, ella había cambiado, y mucho. Estaba más alta, tenía el pelo mucho más largo, por la cintura, y sus dientes ya no eran de leche. Estaba aun más pálida, pero sus pecas habían desaparecido. Sus ojos se mostraban ojerosos, pero aun así resultaban bellos ante la mirada del chico. Su cuerpo era el de una mujer, sus labios aún eran más gruesos, heridos y despellejados. Sin embargo, su nariz respingona seguía siendo la misma, igual de… Eso, de respingona. Su mirada, por otra parte, reflejaba tristeza y melancolía, William podía sentirlo. La chica se miró al espejo y sonrió. Le gustaba aquel vestido. A William le gustaba cómo le sentaba a ella. Se dio cuenta de que Lehtiä le miraba, de que la chica se giraba para mirar al muchacho rubio. Vio sus mejillas, encendidas como la última vez, y esta vez, aparte de tristeza y melancolía, en sus ojos veía reflejada sorpresa.

- Estás muy guapa, Beatriz- Dijo el chico, mientras una lucha interna le dañaba las entrañas. ¿Qué pasaba?- Te sienta bien esa ropa- “Sin duda, me gustaría disfrutar de ti cuando la llevases puesta”. William sonreía-Buenos días, profesor- Se giró para mirar a Lehtiä. Siguió su camino, abrió la puerta y salió de la tienda.
Ina le esperaba fuera, había visto aquella escena. Ella no leía la mente, pero sí los sentimientos. Se preocupó por su joven amo, que había salido pálido de la tienda, pero al apresurarse para entrar en su corazón, solo encontró tormentas. Un ruido parecido al bombeo de la sangre le destrozaba los oídos, repitiendo su ritmo a una velocidad de vértigo. De pronto veía rojo, como veía azul, y no llegaba a comprender la lucha interna del chico. Por primera vez, no veía hielo glacial dentro de Will, no llegaba a comprender qué estaba pasando.

- ¡No!- Gritó, de repente, el chico- ¡No dejaré que lo hagas esta vez!- Y su fuerza de voluntad impidió que el joven hada se introdujese aún más en su corazón. Ina empezó a verlo todo blanco y notó como algo la golpeaba, para finalmente encontrarse frente a frente con su pequeño señor.

Desconcertante, ¿qué estaba pasando? Siguieron andando, con un William que poco a poco recuperaba el color. La mirada de 360º de la joven advirtió una figura que salía de aquella misma tienda, ya a lo lejos. Una figura sucia, sin duda. Triste, seria, madura, de cabello rojo. E Ina comprendió perfectamente qué estaba pasando. Otra vez, aquella chica que tiempo atrás había logrado que William fuese abofeteado. Sin duda, debía decírselo a Finio.

- No vas a decirle nada a mi padre, Ina- Dijo más cruel que nunca el joven hijo de Finio Jään. Mientras que Ina leía las emociones literalmente, su pequeño aprendiz había aprendido a leer los pensamientos según el comportamiento de la gente. Sin duda, el comportamiento de Ina ahora mismo mostraba nervios, confusión, celos y un poco de venganza.

La joven quiso replicar, pero el tiempo, de repente, parecía ir demasiado rápido. William se abalanzó sobre ella. En una fracción de segundo, el hada creyó pensar que le pegaría, le hechizaría o la mataría. Pero eso fue antes de que el tiempo se congelara, sin más. El joven la había hecho callar como mejor podría haberlo hecho, sus labios acariciaron los de Ina y sus manos agarraban su cintura. No, Ina no ya no iba a traicionar a su joven amo. Siguieron su camino, una Ina aún confusa y un William indiferente





Pic: William Jään de pequeño. Obviamente, no se trata de un dibujo mío esta vez. Solo dibujo por inspiración y mal, por lo que la subida de capítulos iba a ser cada vez más lenta. Solo dibujaré a aquellos personajes más especiales o difíciles de encontrar por internet.
Nota: Retoque mío, eso sí.

viernes, 24 de julio de 2009

Carrot girl 2~Beatriz





Y pasaban los años.



Mi pelo cambió, mi estatura cambió, mi físico cambió, mi piel cambió. Mi mente cambió, mi memoria cambió. Me desperté aquel día, como un día cualquiera. Me miré al espejo, sin notar ningún cambio. Para mi, aun era esa niña pequeña que se hallaba sobre el cuerpo inerte de su madre.
Recordaba poco de aquel día. Quería acordarme de todo, pero en mi mente solo lograba ver unos fríos ojos, un rayo de hielo, y a mi madre tendida en el suelo

- Es todo tan confuso…- Pensé. Bajé a desayunar. Allí estaba mi padre. Había terminado su desayuno, y miraba ausente el fondo de su taza de café. Le besé la mejilla y le recogí sus platos. Yo misma me puse a hacerme mi desayuno.

Vivíamos, por fin, en un amplio piso de Finlandia, lejos de aquel bosque que tan malos recuerdos nos traía. Me senté en la mesa a comer, mirando a mi padre. El hombre seguía ausente, no se percataba de mi mirada. Ya llevaba… ¿cuánto tiempo? Años, en esa condición… Ausente, decaído. Su pelo rubio caía sobre su frente y le llegaba hasta la mitad de la espalda. Sus ojos, del mismo color que los míos, ya no resultaban preciosos como por aquel entonces, aunque a veces brillaban mostrando cariño. Una vez más, se había olvidado de mi cumpleaños. No podía reprochárselo, al fin y al cabo, a mi también se me olvidaba a veces.

- Cada día te pareces más a tu madre, Bea- Me dijo, con ese brillo de cariño en sus ojos. Era obvio que cada día me parecía más a ella, ya que... bueno, yo había crecido, aunque él siguiera pensando que aun no había llegado mi noveno cumpleaños… Pero lo cierto es que yo ya hacía 16.

Terminé mi desayuno, salí a recoger el correo. Al salir de la puerta, me crucé con mi vecino de enfrente, un chico más o menos de mi edad. Alto y extrañamente moreno, ya que allí no muchas personas tenían ese tono de pelo. Además, sus ojos también eran oscuros, y su voz era grave y adulta. Le saludé en un entrecortado finés, y él me saludó por su parte con una sonrisa. Bajamos juntos el ascensor. Odiaba aquel ascensor, yo vivía en un piso terriblemente alto, y el ascensor se hacía terriblemente lento. Me puse a pensar en el día en que conocí a William. No recordaba su imagen, pero sí recuerdo que le entendía perfectamente, y yo pude hablar con él. A veces, cuando yo paseaba por la calle, me encontraba a dos o tres personas a las que podía entender perfectamente. Sin embargo, no ocurría así con el resto de finlandeses.

- Beatriz, ¿me estás escuchando?- Dijo el chico, pronunciado de una manera extraña mi nombre. Me hizo reír- ¿De qué te ríes?- Preguntó lentamente, para facilitarme la comprensión
- Me río… de cómo pronuncias… Mi nombre- Le respondí con dificultad, sin duda no era uno de mis idiomas favoritos. Él me sonrió
- Te… te pr…Tepreguntabasiteapeteceríasaliratomaralgoestanoche- Me dijo rápidamente, nervioso
- ¿Perdona? Haz el favor de hablarme más despacio.

Oí cómo tragaba saliva y se ponía como un tomate. Alcé una ceja, sin comprender

- Si te… gustaría salir esta noche, a tomar algo…
- ¡Oh!- Estaba esperando esa pregunta, la verdad. No, no me gustaría, pero ¿cómo decírselo?- Lo siento, Marth, estoy ocupada
- Ya… Como siempre, ¿no?

El ascensor había llegado. Salí corriendo, dirigiéndome a mi buzón. Marth se despidió de mí, aunque no le hice caso. Había recibido una carta un tanto extraña, aparentemente normal, pero yo sabía que no era así. Una vez más, me dirigí al ascensor, abrí el sobre y empecé a leerlo. En un principio, parecía una broma, pero algo me decía que no era así… Y llegó, nunca mejor dicho, a la “palabra mágica”.

“Sra. de Salazar,

La Escuela de Magia Feeniks está interesada en impartirle clases de magia, conocer e investigar acerca de su tipo de magia y enseñarle a utilizarla. Le esperamos el día 1 de Septiembre, en la calle Aleksanterinkatu, donde un coche la conducirá a su destino.
La lista de materiales necesarios se incluye al final de esta carta.

Mis más cordiales deseos, Puiden Lehtiä, Director de Feeniks.

PD- Feliz cumpleaños”

-Feliz cumpleaños…- Susurré. ¿Cómo alguien desconocido sabía que…? No importaba. Seguí leyendo

“A continuación, le indicamos la lista de materiales que necesita este curso y cómo encontrarlos. Diríjase al Kujalley. Necesitará:

- Una varita mágica
- Uniforme
- Dos túnicas
- Mascota (No es necesario, pero se puede llevar)
- Un caldero

No se olvide de sacar dinero mágico en nuestro banco, lo necesitará para utilizar los materiales del colegio”

Irreal. Tremendamente irreal, no había explicación alguna para aquello. Me puse a llorar sin apenas darme cuenta, ¿cuánto tiempo hacía que necesitaba desahogarme? Entré en mi casa. ¿Cómo iba a explicárselo a mi padre? Sin embargo, éste no estaba solo. Hablaba con otra persona a la que, misteriosamente, yo podía entender. Aunque al parecer, mi padre no. En otras condiciones, aquella escena habría resultado terriblemente divertida. Mi padre le tiraba jarrones y cojines, gritando que se marchara, a un joven de unos 30 años, que le pedía que le escuchara. El hombre se dio cuenta de mi presencia, me miró y me sonrió

<<Por fin has venido>> Dijo una voz en el aire <<Ya empezaba a pensar que tu padre se volvería loco>>

Todo era desconcertante. Un sueño, sin duda, en el que decidí seguir jugando.

- Papá, deja de lanzar cojines- Dije sonriendo. Mi padre estaba desconcertado, pero yo sabía que aquello era un sueño, por lo que me dejé llevar- ¿Qué hace usted aquí? O, aun mejor, ¿quién es usted?
- Vaya, me esperaba un poco más de sorpresa por tu parte- Dijo con una cálida sonrisa.- Soy aquel que te acaba de enviar una carta, el sr. Lehtiä, venía aquí para explicárselo a tu padre
- Explicarle, ¿qué?- Me senté en un sofá de mala manera
- Que eres una bruja, por supuesto, ¿qué si no?-Eso SÍ hizo que me alarmara. Me recordó a una situación años atrás, aunque no recordaba con exactitud cual.-Por supuesto el sr. Jään ya se hico cargo de que te enteraras, pero después de tanto tiempo, pensé que lo habrías olvidado. Además, después de la muerte de tu madre, tus poderes han parecido esfumarse

¿Cómo sabía lo de mi madre? ¿Poderes? Ahora lo recordaba… Mi “eso” de pequeña, que murió con mi madre. Y, ¿quién era el sr. Jään?

- Vaya, ahora sí que te ves un poco más asustada. Menos mal, empecé a pensar que creías que esto era un sueño- Me acababa de leer los pensamientos… Genial- Como nunca has tenido contacto con la magia, he pensado que quizá podía acompañarte a comprar las cosas. Al fin y al cabo… Estamos a 29 de Agosto, te queda un solo día para entrar en tu nuevo colegio

Sí, 29 de Agosto. Un cumpleaños en verano, que cada vez era más frío.

- Nos vemos mañana- Dijo el joven, sin que me dejase ocasión de preguntarle nada más. Se esfumó. Miré a mi padre, desconcertado, y traté de imaginarme lo que acababa de ver: A su hija hablando con un desconocido en un idioma que él no lograba entender. En su lugar, yo también mostraría esa cara de sorpresa y confusión

Fue un largo día, explicándole a mi padre todo lo ocurrido. Sonrió, dijo “lo sabía”, y me regaló un colgante. El colgante de mi madre. Una esfera de color miel, como los ojos de ella, donde arriba y abajo estaban pegadas extrañas figuras de metal. Quería disfrutar del que sería mi último día “en la normalidad”, así que abracé a mi padre, nos sentamos en el sofá juntos y nos quedamos viendo nuestra película favorita.


De repente, un ruido me despertó. Era de día, mi padre me hacía el desayuno y una alta figura se alzaba delante de mí. El director, de nuevo, ¿acaso no había sido un sueño?

- El único sueño que has tenido ha sido el de esta noche, pequeña- Dijo leyéndome el pensamiento, una vez más- Vengo a acompañarte a comprar, dudo que sepas cómo llegar a las tiendas, ¿me equivoco?

Asentí y me dirigí a mi cuarto. Todo era extraño y normal a la vez. Empecé a vestirme como si se tratase de un día cualquiera. Recogí mi largo cabello con dificultad, debido a la rebeldía de éste, y fui al salón. Allí me esperaba el joven, que miraba a mi padre amablemente, aunque no se decían nada.

<<Claro>> Pensé <<No se entienden… Bueno, al menos esta vez no vuelan los cojines>>

- Desayunarás por el camino- Dijo Puiden secamente. Asentí, me despedí de mi padre con un beso, y me fui con él como si tal cosa- ¿Lista? Bueno, agárrate bien a mi- ¿Agarrarme? ¿De la mano?- Con que me toques basta, si lo prefieres así- Sonrió. Tragué saliva, y nada más rozarle su ropa desaparecimos de allí.

Fue un viaje cómodo, corto, agradable.

Sentí calor, un resplandor de luz y, un segundo después, estaba en una calle que yo no conocía, donde paseaban personas a las que entendía. Otro detalle extraño. Puiden era un chico amable, aparentemente nada del otro mundo. Era alto y delgado, de cabello castaño claro, bien arreglado pero sin resultar formal, y ojos verde oscuros. Tenía un poco de barba, la típica “de los tres días”. Sus manos eran grandes y su piel no era tan pálida como la de la gente de por allí. Hubiera pasado totalmente desapercibido, si no fuera porque era alguien realmente importante dentro de ese mundo. A medida que andábamos, la gente le hacía pequeñas reverencias por la calle, y los más confiados se acercaban a saludarle como sr. Lehtiä. A mí, sin embargo, me dijo que le llamase Puiden. Entré con Puiden en miles de tiendas, tuve un pequeño problema con la tienda de varitas, ya que ninguna parecía estar contenta conmigo. Al final, me quedé con una realmente extraña, rizada, a diferencia de las otras y aunque era negra, tenía reflejos naranjas. Puiden me regaló una funda para ella. También me compré un animal. Estaba indecisa por cual comprar, Puiden me dijo que a las chicas les gustaban los gatos, y que lo más útil eran las lechuzas. Pero yo siempre tiraba por lo que iba fuera de lo común. Me compré un pequeño mono de color blanco y ojos azules, albino. No era mayor que la palma de mi mano, y resultó ser realmente obediente. Supongo que dentro de él también había magia.
Nos dirigimos a comprarme el uniforme y las túnicas. Necesitaba una negra, para el día a día, y otra para ocasiones especiales. Por supuesto, buscar la túnica “especial” sería mucho más divertido, así que rápidamente me puse manos a la obra, pensando en qué quería llevar. La modista me colocó una especie de vestido negro, sin tirantas, e hizo que encajara perfectamente con mi cuerpo. A partir de ahí, dejó a su varita sola, creando un vestido acorde con mi físico y mi personalidad. Era oscuro, ajustado por arriba y suelto por abajo. De terciopelo, con reflejos verdes. Tenía escote, por donde asomaba el colgante de mi madre, que mi padre me había regalado la noche anterior. Me solté el pelo y lo acomodé un poco, para ver cómo me quedaba. Al fin y al cabo, hacía tiempo que no me sentía tan bonita. Miré a Puiden con una sonrisa reluciente, y me sorprendió ver que él ya me estaba sonriendo.

<< ¿Por qué sonríe?>> Me pregunté a mi misma, y obtuve respuesta. El joven director desvió la mirada, posando sus ojos en algo o alguien que se hallaba detrás mía. Me giré y le vi, de nuevo. Tanto tiempo sin verlo, tantos años sin recordar cómo era realmente, pero ahora encontraba una explicación de por qué en los pensamientos de ese día me encontraba con una gélida mirada. Esos ojos fríos me volvían a mirar de nuevo y, un poco más abajo, se esbozaba una sonrisa igual de fría, pero agradable a la vez. Un muchacho alto y esbelto me miraba y sonreía. Su pelo aún seguía siendo igual de liso y aparentemente suave, pero esta vez le llegaba hasta los hombros, elegantemente despeinado. Su piel, pálida, también parecía suave y perfecta, y sus ojos… Sus ojos también seguían siendo iguales, celestes, casi transparentes. Enormes y fríos. Creo que aquellos ojos llegaron a congelarme por Dios sabe cuanto tiempo.

- Estás muy guapa, Beatriz- Dijo William. Su voz ya no era infantil y traviesa, sino grave y ronca, aunque seguía hablando con suavidad y elegancia-. Te sienta bien esa ropa- Dijo con total normalidad, aun sonriendo.- Buenos días, profesor- Saludó a Puiden. Y se fue
- Es… Espera…- Dije en un susurro inaudible. William se había ido.

Me quité el vestido. Terminé de comprar. Puiden me invitó a tomar algo para cenar. Recordé que no habíamos comido en todo el día. Sin embargo, una vez en el restaurante, el chico no se pidió nada para tomar. Un poco incómoda, empecé a comer. Estaba muerta de hambre.
Todo silencio. Solo se oía mi tenedor chocando con el plato, una y otra vez. Hasta que el silencio se rompió

- Encantador, ¿cierto?

¿Encantador? ¿A qué se refería? ¿A la magia? ¿A William? ¿A…?

- No me refería a la adolescencia y sus suspiros de amor, tranquila- Dijo con una sonrisa- William es encantador. A eso me refería
- Sí… sí que lo es- Respondí avergonzada, fijándome en mi plato de comida como si fuese una imagen terriblemente interesante
- Viene de una buena familia. Una buena educación, hábil en la magia, y atractivo, ¿por qué negarlo?- Sonrió

No contesté. Ni contesté, ni hablé más en el tiempo que nos quedaba juntos. Volvimos a casa, saludé a mi padre y me fui a mi habitación. Me quedé dormida con la ropa aun puesta, soñando con nieve. Y, en la última noche de Agosto, tuve que taparme con una manta, helada de frío




***Imagen editada. Dibujo de arriba, Beatriz de mayor, hecha por mi. Abajo

, Christina Ricci caracterizada como Katrina Van Tassel en Sleepy Hollow, personaje que me ha inspirado para el físico de Beatriz. Retoque hecho por mi.